
Acabado el período de dilatación y consumada la rotura de la bolsa, todo ello en virtud del trabajo del motor del parto o musculatura uterina, sobreviene un reposo de la misma, una pausa en el trabajo, durante la cual, aparte del pequeño reposo que esto puede suponer -ya que sólo suele durar de quince a veinte minutos-, se produce la adaptación del útero al contenido francamente disminuido del mismo, a causa de la pérdida del líquido amniótico.
La vía del parto queda libre, al menos en potencia. Suprimido ya el cuello en su formación oclusora, sólo quedan vagina y periné que salvar, formaciones que sabemos están destinadas a ceder a medida que el móvil avanza.
Las contracciones de este período se caracterizan porque son más intensas, haciendo que la mujer experimente fuertes deseos, incontenibles incluso -por tanto, hasta independientes de su voluntad- de empujar, deseo que se hace realidad mediante la contracción de los músculos de la pared abdominal, que de modo tan eficiente y notorio ayudan a la expulsión fetal.
Posición más conveniente
Para que la contracción sea más cómoda y potente, adopta la mujer diversas posiciones: entre nosotros y otros pueblos de Europa, la posición más usual es la que a continuación describimos: la mujer se halla acostada de espaldas sobre la cama, y en el momento de la contracción, apoya los talones fuertemente contra la misma (talones que habrá retraído hasta cerca de las nalgas, doblando bien las rodillas), separando bien los muslos, que se hallan rotados hacia afuera; al mismo tiempo, se coge a la cabecera de la cama o a cualquier artificio que se haya dispuesto a este fin, cerrando la boca o mordiendo algo, de modo que el aire no se escape y pueda así aumentar la presión que impulsará al feto.
Costumbres de otros países
En otros países, sobre todo en Inglaterra, las mujeres dan a luz en la llamada posición de Síms, es decir, acostadas sobre un lado y los miembros inferiores flexionados por rodillas y muslos. En otros, musulmanes sobre todo, la mujer se halla sentada en el suelo, frecuentemente sobre una piel de cordero, y sujeta con sus manos a una cuerda que pende del techo, mientras una mujer, generalmente la madre, la sujeta por detrás. La comadrona, situada enfrente, también sentada en el suelo y sin descubrir para nada a la paciente, actúa solamente con sus manos y brazos por debajo de inmensos ropajes, y todo sale bien… cuando no sale mal o catastróficamente.
Contracciones más intensas y frecuentes
Las contracciones que en el período anterior de dilatación se presentaban hasta cada cinco minutos, se hacen más frecuentes en éste, ocurriendo cada cuatro, tres, dos o cada minuto, siendo mucho más intensas que aquéllas; pero la mujer las prefiere, ya que se acompañan de una consoladora sensación de avance del feto, sensación que corresponde a una realidad.
Estas contracciones han hecho que el feto descendiese suficientemente, ayudado, como decíamos antes, por la fuerza originada por la prensa abdominal. Entre ambas empujan al feto y le hacen vencer las resistencias que se oponen a su paso, impeliéndolo y arrojándolo al exterior.
Diferencia entre primíparas y multíparas
Esta salida al exterior, a la que venimos refiriéndonos, se verifica con más facilidad en mujeres que han tenido otros partos; y dentro del grupo de las primíparas, también con más facilidad en las que son más jóvenes que en las dichas «viejas» o añosas, que lo resultan a estos efectos pasados los treinta años, sin que ello quiera decir que esto sea matemáticamente cierto.
Cerca del momento final del parto, la cabeza ejerce compresiones sobre los órganos vecinos. Recordamos que éstos son, por delante, el cuello de la vejiga, y por detrás, el recto, produciendo molestias acentuadas en ambos órganos. Sobrevienen calambres muy desagradables en las pantorrillas. En el punto álgido de la contracción, la cara se torna azulado-violeta por la dificultad del retorno venoso a causa del aumento de presión, y la mujer busca dónde apoyar y sostenerse para mejor empujar y liberarse de toda aquella masa que percibe como ocupadora de todos sus espacios y causante de esa situación, que por momentos es angustiosa y se hace insoportable. Es, sobre todo, en estos momentos cuando a veces grita y dice muchas cosas: por ejemplo, que nunca más volverá a tener hijos, etc. Cesadas las contracciones violentas de este período, en el cual se suceden con una frecuencia agotadora, la mujer «cae en fatiga», temiendo y deseando la próxima contracción.