
OCHO BUENOS CONSEJOS
Para ayudar a esos chiquitos que jamás quieren dormir la siesta (y a sus sufridos papas), conviene:
Establecer una rutina de sueño y comidas a lo lar-go del día: dar de comer al pequeño y acostarlo siempre a las mismas horas.
El mensaje que le transmitimos no debe ser: “Vas a dormir, porque lo digo yo”, sino: “Quiero que descanses, porque lo necesitas”.
Por la noche debe dormir en su cama o cunita. Por la tarde es preferible que se acueste en otro lugar (puede ser el sillón, el cochecito y hasta la alfombra). Esto agrega atractivo a la situación y ayuda a que distinga la siesta del sueño nocturno.
Si llora, regresaremos siempre a su lado, pero espaciando el tiempo de respuesta (primero tardamos un minuto en volver, luego dos, después tres, etcétera).
Instaurar una ceremonia de anticipación: después de acostarlo, nos quedamos un ratito a su lado hasta que se tranquilice (sujetándole la mano, leyéndole un cuento o cantándole una canción de cuna). Antes de que se duerma, salimos de la habitación (así aprende a dormirse él solo).
No es grave que un día no quiera dormir la siesta. Pero al día siguiente lo hará (no hay que perder el hábito).
Conviene erradicar costumbres contraproducentes, como mecerlo durante horas o acostarse con él.
Para la siesta, no es necesario ponerle el pijama. Tampoco hace falta apagar la televisión, bajar las persianas, interrumpir la conversación ni desconectar el teléfono.