Fiebre puerperal
Hacia el año 1847, y en la poética ciudad de Viena, asistía al Hospital maternal de la ciudad el joven Ignacio Felipe Semmelweis, quien se horrorizaba viendo cómo enfermaban aproximadamente el 25 por 100 de las mujeres embarazadas que en ella daban a luz, y que de éstas morían casi la mitad. La enfermedad que hacía tales estragos era la fiebre puerperal. Investigando las posibles causas de la misma, llegó a descubrir que la infección de las mujeres se llevaba a cabo por los estudiantes que después de haber efectuado autopsias se ponían en contacto con las parturientas. Este hecho fue comprobado por el feliz postparto de las mujeres que no habían sido tocadas, de lo que se dedujeron las oportunas consecuencias.
Fue Pasteur, más tarde, quien descubrió el estreptococo, germen de gran virulencia y que con mucha frecuencia provoca la fiebre puerperal. También otros gérmenes, tales como el estafilococo, neumococo, gonococo, etc., pueden producirla.
Afortunadamente, pronto se extendió la doctrina de los microbios y de su papel en la producción de las enfermedades en general y de la fiebre puerperal en particular.
Hemos citado la experiencia de Semmelweis. «El Salvador de las Madres», por lo que tiene de ejemplo. El parto es un fenómeno natural, y durante él todo debe ser limpio y mejor aún estéril, y cuantas menos manipulaciones, tanto mejor. Y si alguien interviene —excepto en la falta de asistencia forzada—, no debe ser más que el profesional autorizado y capacitado para ello.
Digamos también, porque viene a propósito, que cualquier enfermedad es la resultante —aparte otros factores que ahora no nos interesan— del poder agresivo del germen y de la resistencia del organismo. Véase ahora, ya de una manera práctica, el interés en una vida sana e higiénica según las normas que en los lugares correspondientes de esta obra hemos establecido y detallado.
Las formas clínicas de la infección puerperal son diversas y no vamos a entrar en su descripción; sin embargo, digamos que la fiebre, durante el parto y después de él, los loquios purulentos y fétidos, la aceleración del pulso, etc., deben hacer recurrir al médico, por si se tratase de esta temible complicación en cualquiera de sus formas.
Hoy, afortunadamente, con las sulfamidas y antibióticos, tenemos armas poderosísimas para prevenir la fiebre puerperal y para tratarla. Sin embargo, esto no invalida nada de lo que hemos dicho acerca del valor de la higiene, de la profilaxis y de la correcta asistencia al parto.



















