
El encuentro
Durante el coito, los espermatozoides penetran en la vagina. Al no convenirles el medio ácido de ésta, emigran hacia el cuello (un medio alcalino más favorable), atraviesan el útero y llegan a las trompas de Falopio en un par de horas. Allí pueden sobrevivir de 48 a 72 horas (fuera de la mujer viven menos de 24 horas). Es decir, la fecundación puede producirse dos o tres días después del encuentro sexual.
De los cientos de millones de espermatozoides que contiene el semen, apenas un centenar logra llegar hasta el óvulo (el resto se agota y muere) y sólo uno de ellos conseguirá entrar en su interior y fecundarlo. Cuando ocurre, la membrana del óvulo, hasta entonces permeable, altera su estructura química y cierra el paso al resto de espermatozoides.
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que es la fecundacion

El espermatozoide
Cuando el varón alcanza la pubertad, sus testículos empiezan a segregar testosterona, una hormona que estimula la producción y maduración de los espermatozoides, que se almacenan en el epididimo (un conducto anexo a los testículos), a la espera de ser expulsados. Durante la relación sexual, los espermatozoides salen del cuerpo del hombre diluidos en el semen, que los nutre y facilita su transporte.
Los espermatozoides se fabrican continuamente (hasta varios millones al día). Se calcula que el semen que expulsa el hombre al eyacular puede contener entre 200 y 500 millones.
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El periodo idóneo para concebir va de dos días antes hasta uno después de la ovulación. Esta se puede detectar por diversos síntomas:
• El moco previo a la ovulación es transparente -como clara de huevo-. Nada espeso, sino fluido. Después de ocurrida la ovulación se hace espeso y pierde transparencia.
• Una pequeña elevación de la temperatura corporal al día siguiente.
• Hay métodos para medir la hormona LH, que aumenta antes de ovular.
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CADA NOCHE, UNA LUCHA CONTRA EL INSOMNIO
En el último trimestre del embarazo no es fácil conciliar el sueño y mucho menos dormir “a pata suelta”. El bebé todavía no sabe dormir de un tirón y es posible que se mueva sin parar a cualquier hora de la noche. Una de las medidas más eficaces para invocar el sueño, antes de acostarse, consiste en dar un tranquilo paseo al aire libre. El vaso de leche tibia y un placentero baño con esencias naturales también dan buenos resultados. Si después de una interrupción, cuesta volver a dormirse, no queda más remedio que permanecer tranquila. La noche ofrece una oportunidad fantástica para hacer relajación o conversar con el futuro bebé. No hay que desperdiciarla.
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El hilo pe la vida
Bien. bien, es mi turno. Yo les reconozco la importancia que tienen los que acaban de hablar, pero…¿qué sería de ellos sin mí? La señora placenta puede hacer todo lo que hace porque, gracias a mí, no ha perdido la comunicación con el bebé. El y ella no llegarían a nada si yo no estuviera. Me presento en sociedad: soy el cordón umbilical. A través de mí pasa la sangre que va y vuelve de la placenta. Para eso tengo dos conductos (arterias) que llevan la sangre a oxigenarse y uno solo, aunque más grande, la vena, que la trae cargada de oxígeno y sustancias nutritivas. Mi latido es el del corazón de nuestro jefe, con él palpito y no lo abandono hasta que no me necesite.
Yo voy a hablar poco porque mi papel es tan decisivo que no necesito muchas palabras. Sólo te digo que el bebé depende totalmente de mí. Por más que ellos funcionen a la perfección, si yo fracaso, me estrangulo, me comprimo, me hago un nudo o me enrosco en su cuello, se interrumpe la llegada de oxígeno y el bebé puede perder la vida. Por suerte, como mido casi lo mismo que él (50 centímetros) y soy muy resbaloso, le puedo escapar con mucha frecuencia a esos riesgos. Te digo algo más: soy el único que sigue cuidándolo hasta después de nacer.
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Siempre juntos
Para que me conozcas mejor, te diré que soy un órgano de unos 500 gramos, más o menos, de forma redondeada como una pizza, con dos caras: una que mira hacia el bebé “cara fetal” y de la cual sale mi punto de contacto con él (el cordón umbilical). La otra cara, la que se adhiere al útero, es la “cara materna” y es por ese lugar donde me desprendo de ti.
Por último, para que te des cuenta de lo mucho que valgo, te cuento que tu bebé puede salir al mundo gracias a que yo dejo de frenar las contracciones del útero. Yo sé en qué momento debo hacerlo. Ya, a las 38 semanas de embarazo (8 meses y medio), empiezo a hacer los trámites para jubilarme. Lo hago despacito, aviso con tiempo para que él se prepare y no se asuste al salir. No pierdo mi importancia ni siquiera despues de ser alumbrada, pues los médicos, curiosos, investigan el estado en que me encuentro para elaborar conclusiones.
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placenta previa parcial

Compañeros inseparables
“Bueno, bueno… ¿Ya terminaron? Ahora me toca a mí”, dijo la placenta. Mucha alharaca, pero todo el trabajo de ellos me lo deben a mí: yo soy la mano derecha del “jefe”, porque así llamamos a tu hijo aquí adentro. ¿O te olvidas de que él y yo somos la misma persona? Nos formamos juntos, al mismo tiempo, de la división en dos de las primeras multiplicaciones embrionarias. Una parte lo formó a él y la otra a mí. ¿Qué tal?
Yo debo cumplir con la tarea que me asignó por la naturaleza. Las celulitas que me dieron origen fueron las encargadas de hacerse un lugar en tu cuerpo, prendiéndose con toda la fuerza del mundo. Avanzaron rápidamente en una carrera contra el tiempo hasta que por fin llegaron a ponerse en contacto con tu sangre, fabricaron lagos llenos del preciado líquido y hacia el día 19 posterior a la concepción, la circulación y el intercambio entre tu sangre y la de tu bebé era un hecho. Cuando el jefe era sólo un proyecto en desarrollo, yo ya tenía asegurada mi función: servirle de “pulmón” y proveerle de alimento.
También me encargo de avisar a todo el mundo de su presencia. De mí dependen tanto los cambios de tu apetito como tus cambios físicos y psíquicos. Una vez que fui adulta, asumí plenamente mis funciones. Tan importante soy que debo cuidarme mucho y saber en qué lugar me afirmo. Si me desprendo, los médicos se preocupan mucho. Si eso me pasa cuando acaba de comenzar el embarazo, te mandan a la cama y ponen “amenaza de aborto” como diagnóstico. Y si pasa cuando el embarazo está muy avanzado, corren para operar.
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placenta previa parcial

¿Escaso o abundante?
No me tomes por pedante, pero quiero que sepas que cuando los médicos tienen una duda seria, a menudo me preguntan a mí. A veces los ayudo mucho; por ejemplo, durante la enfermedad que se produce por la incompatibilidad entre un factor (rh) de la sangre del niño y la sangre materna. En ese caso, es fundamental saber el grado de compromiso que pueda llegar a tener el bebé y, para eso, los médicos me preguntan sobre la cantidad de un pigmento que poseo: la bilirrubina. Normalmente, a medida que transcurre el embarazo, tengo cada vez menos, pero si ese pigmento no desciende o aumenta…¡cómo tienen que trabajar los médicos!
También aviso cuando el embarazo se pasó de fecha o cuando el bebé crece poco, porque una parte mía muy importante se forma a través de la secreción de las membranas placentarias. Si soy muy escaso, los médicos ya se dan cuenta de que algo no anda bien en el funcionamiento placentario. A veces, lo perciben tocando tu panza, pero si quieren mas precisión, la ecografía me delata.
Pero no siempre me achico. A veces, me agrando. Entonces, los doctores toman nota y se ponen a investigar el porqué. En ocasiones, la causa es simple: hay dos bebés; otras veces hay que seguir estudiando. Al final del embarazo, a pesar de achicarme, es cuando más se siente mi presencia. En el momento del parto, formo una “bolsa” con la membrana que me envuelve y así abro paso a la cabeza del niño, y además la protejo de la compresión que le provocan los huesos de tu pelvis.
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UN MAR DE CUIDADOS
Y de mí, ¿qué dices?, bramó el líquido amniótico. ¿Creías que yo era simplemente agua estancada? Para que sepas, me renuevo cada tres horas y si estoy presente desde los primeros momentos del embarazo, desde antes de que se forme el bebé, por algo será… Al principio, hasta el tercer mes, apenas me hago notar pero después, cuando ya comienza a funcionar el riñon de tu hijo, aumento mucho: llego a tener un volumen de un litro y medio en la época de mayor esplendor de la placenta. Después, igual que ésta, me tiro a menos y me achico hasta medio litro, más o menos. Me envuelve una membrana, el amnios, de ahí mi nombre, y estoy formado casi todo por agua, pero aunque en escasa proporción, las sustancias que poseo en disolución, son muy importantes. Tengo azúcares, proteínas, grasa, hormonas, pigmentos, etc., de los cuales cada día se sabe más.
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Esperando la orden de largada
Tengo todo pensado. Te dije que mi deber era albergar al bebé por nueve meses, pero a veces hay más de uno en mi interior y vaya si me dan trabajo. Me estiro y me estiro… para eso soy elástico. A veces siento que es mucha la responsabilidad, porque tengo que conseguir que todas mis células trabajen en sintonía. En ocasiones, algunas de ellas (como las de mi cuello) protestan con dolor porque tienen que hacer mucha fuerza para impedir que nuestro inquilino se vaya antes de lo previsto.
Mientras pasan los meses me voy preparando para el gran momento. Como sé que voy a necesitar mucha fuerza para empujar al chiquilín, voy practicando, por eso hago contraer mis células por grupos, no sea que se me vaya la mano y desaloje al huésped antes de tiempo. Te cuento cómo lo hago. Es un chimento. Yo poseo millones de células, todas dispuestas y preparadas para recibir la orden de contraerse. Siempre firmes, siempre “en tono”, nunca duermen, por eso tengo que tener cuidado cuando practico la contracción. Les ordeno a algunas que se contraigan y a otras les pido que se relajen. De esa manera, al no haber unión, no hay fuerza. Seguramente las percibirás como “durezas” que van y vienen, sin ritmo ni molestias.
Para cuando llegue el gran día tengo preparado un plan. Mis dos partes funcionarán en armonía; mi cuerpo se contraerá y, al mismo tiempo, mi cuello se relajará dilatándose. ¿Cómo lo consigo? La orden de largada se da en las zonas más alejadas del lugar donde se encuentra la placenta. Como esa orden se propaga a una velocidad de más de 15 centímetros por segundo, en dos segundos ya la han recibido todas las células y su respuesta es la contracción. Mantengo la orden por un minuto más o menos y luego “descanso” por dos o tres minutos y después otra vez. Así durante 4, 5 ó 6 horas. Una vez que el bebé ha nacido, me tomo un reposo muy breve, porque enseguida tengo que hacer salir la placenta y después me tengo que ocupar de que no salga sangre desde el lugar donde ella estaba insertada. Como ves, lo mío no es nada fácil.
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