
¿Puede fumar y tomar bebidas alcohólicas la mujer que lacta?
Se nos pregunta a veces si la mujer que lacta a su hijo puede fumar y beber. Que «puede» es indudable, tan indudable como que no «debe» hacerlo. La nicotina, veneno muy activo y pernicioso del tabaco, se elimina por la leche, pasando por ella al niño y provocándole trastornos claros y definidos. En cuanto al alcohol también resulta perjudicial.
Lactancia y reglas
También existe la creencia, bastante extendida, de que las reglas confieren malas cualidades a la leche, así como que son causa de que el niño presente trastornos. Habrá, eso sí es posible, una disminución de la leche (tal vez sea ésa la causa del malestar del niño), pero por lo demás no hay ningún inconveniente en que el niño continúe mamando normalmente como si nada anormal sucediese, puesto que el fenómeno de las reglas es algo totalmente normal.
Lactancia y debilidad
Caso de que se presentase un nuevo embarazo, seguid la lactancia y no os preocupéis: tiempo tendréis de consultar con vuestro médico, y él os indicará lo más oportuno, según la edad de vuestro hijo, vuestro estado de salud, cantidad de leche, estación, etc. En principio, la lactancia debe continuar hasta el quinto mes, destetando después gradualmente. De todos modos, según el estado del niño, será el puericultor el que aconseje; según el de la madre, el tocoginecólogo.
Lactancia y embarazo
Es una obligación para una madre lactar a su hijo. Única manera de que tenga todas las probabilidades de sacar el niño adelante en una etapa de la vida en la que es particularmente frágil y durante la cual se suele perder la mayor cantidad de niños. Pero si la madre palidece, adelgaza, pierde fuerzas, tiene dolores de espalda o presenta otros trastornos, convendrá que consulte con su médico, quien, también examinando y considerando cuidadosamente estas circunstancias, le aconsejará lo que resulte más oportuno en su caso.
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La mujer que lacta debe llevar una vida sosegada y alegre, con una actividad compatible con la buena salud y el contento, sin fatigas, naturalmente. Las emociones desagradables parecen tener una acción francamente marcada y manifiesta sobre la secreción de la leche.
Tiene que procurar dormir lo suficiente. Deberá hacer pocas salidas nocturnas. Tampoco convendrá levantarse demasiado por la noche, acostumbrando al señor infante o a la señorita infantita, en su caso, a dormir toda la noche, excepto en aquella ocasión y momentos en que toque su tetada; no cuando le apetezca o cuando la madre lo crea, sino cuando le toque.
Secreción láctea y medicamentos
Es bastante conocido el hecho de que hay sustancias que pasan a la leche (el «espíritu» del ajo, por ejemplo); por eso, al tomar medicamentos deberá tenerse en cuenta este aspecto de la fisiología, si bien, y para los medicamentos más corrientes, no suele haber contraindicaciones.
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Una buena nodriza llega a segregar alrededor de un litro de leche por veinticuatro horas. Esta leche contiene 35 gramos de grasa, 65 gramos de lactosa o azúcar de leche, 16 gramos de caseína o albúmina de la leche y 2,5 gramos de sales minerales, todo ello por litro. Se comprenderá que habrá que cuidar el régimen alimenticio de la nodriza. La alimentación habrá de ser sana y de fácil digestión, sin restricciones cuantitativas. Un buen desayuno al despertarse, una pequeña colación a las diez de la mañana y una buena merienda se añaden a las dos principales comidas.
El régimen lacto-ovo-vegetariano, con leche, huevos, verduras, frutas, legumbres y cereales, es lo más sano y suficientemente nutritivo. Se dice que conviene abstenerse de comer espárragos, alcachofas, ajos, col, etc. Si alguno de estos alimentos pareciera perturbar al niño, no habría más que abandonarlo. Abstención clara, eso sí, de caza, especias, bebidas alcohólicas, té, café y mejor también chocolate.
Leches malas
Nosotros queremos prevenir aquí a las lectoras contra un error de concepto que se halla bastante extendido: «la leche mala» de algunas mujeres. No es cierto; todas las mujeres tienen leche buena y todas deben lactar a sus hijos. Hablamos, claro es, de mujeres sanas y normalmente nutridas y alimentadas. Si hay algo que sea «malo», es muchas veces el modo de administrar esa leche al niño; pero en la segunda parte de esta obra se hablará con detalle de todo esto. Una mujer que dé bastante leche tendrá también bastante sed, ya que ésta contiene 90 partes de agua por cada 10 de materiales sólidos; por tanto, que beba agua o jugos de fruta en la cantidad que le apetezca.
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La cantidad de leche producida por la mujer en veinticuatro horas varía notablemente según la mujer: constitución de la misma, cantidad de glándula —no de mama— y también según el niño, sobre todo su edad, etc. Por término medio, puede fijarse la cantidad de 830 a 1.200 gramos, cantidad, como es lógico, suficiente para la alimentación del lactante. De todos modos, se citan casos de mujeres que daban cantidades de leche un poco exageradas, 1.690 y 1.680 gramos por día, y otra que durante un año dio una media de 5.950 gramos por día.
Variaciones diarias y por tetada
No se crea que la producción de leche es uniforme. Varía a veces notablemente entre un día y otro, variando también en cada una de las tetadas, así como durante las veinticuatro horas, siendo más abundante por la noche y por la mañana y más escasa por la tarde. También varía de un pecho al otro, hecho que se traduce por la manifiesta preferencia del lactante, que prefiere no sólo el que tiene más, sino el que le permite, en virtud de esa misma abundancia, extraerla con mayor facilidad.
Variaciones en el flujo lácteo durante la tetada
Al comienzo de la tetada se observa cómo la leche va aumentando gradualmente; al cabo de algunos segundos o minutos se observa cómo el flujo disminuye y hasta incluso se paraliza totalmente. Tanto es así, que a veces el niño comienza a gritar; pero al cabo de algunos momentos vuelve a salir la leche, y ahora en abundancia, de tal modo que el niño «no da abasto» y se ahoga y tose a causa de esa abundante secreción.
Al sobrevenir este flujo abundante, experimenta la madre una sensación de tensión que también abarca al seno que no lacta y que aparece en éste simultáneamente o con poco intervalo de tiempo.
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Generalmente, la duración de la secreción de la leche cesa por disminución espontánea y progresiva, y otras veces por el destete impuesto al niño «de acuerdo» con él. De todos modos, por diversas circunstancias, la leche puede durar desde varios días hasta varios años; que nadie se asuste, pero, según aseguran autores serios, los esquimales amamantan a sus niños hasta los catorce años…
Sin llegar a estos extremos, todos conocemos algún caso de niño que ha mamado hasta los dos y aun tres años. En todo caso, es cierto que en algunos pueblos han de mamar hasta los tres y cuatro años. Hemos vivido en varios países musulmanes y hemos visto unas lactancias que parecían prolongadas, al menos dos años, pero esto es una prescripción de tipo religioso, que se transmite por el Corán o libro sagrado de los mencionados pueblos.
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Los primeros síntomas de la «subida de la leche» suelen ser percibidos por la puérpera en la noche del tercero o cuarto día, en la que los pechos se ponen tirantes, pesados y calientes; estos fenómenos van acentuándose durante doce o quince horas, hasta alcanzar su máxima expresión; después se calman las molestias, bien que persistan ciertas sensaciones, y al cabo de veinticuatro horas, la secreción láctea se halla establecida.
En el momento de la tensión máxima la mujer se halla muy molesta, no pudiendo incluso dormir a causa de esta tensión de los pechos, que están como inflamados, llegando a veces incluso hasta la axila e inmovilizando los brazos de la mujer. Se trata, más que de la «subida de la leche», de un estado congestivo transitorio que prepara de modo inminente el estado secretorio. Esto se comprende fácilmente si se comprime o si se pone el niño al pecho, ya que se obtiene muy poca leche. Claro que antes ya del parto la glándula mamaria trabajaba de alguna manera, ya que así lo atestigua la formación del calostro, al que nos referiremos más ampliamente en la segunda parte de esta obra, permitiéndonos adelantar aquí que, desde luego, es de lo mejor que el niño podría tomar en las primeras horas o días de su vida.
No se expriman los senos con la intención de vaciarlos y calmar esas molestias de que hemos hablado; eso perjudicaría la glándula; téngase un poco de paciencia, pues, como también hemos dicho, ellas solas se calmarán.
Dijimos en la parte de la fisiología (Cap. 3) que con unos senos muy grandes podía haber una glándula muy pequeña, y viceversa; aquí, y de una manera muy semejante, puede haber una «subida de leche» muy aparatosa y después salir muy poca cantidad de líquido, en tanto que con «subida de leche» más discreta puede ser la mujer una buena nodriza.
Ya hemos dicho antes, y no es necesario volver a insistir aquí, que la succión del niño mantiene el mecanismo de la secreción.
Se recomendaba antes, y aún hoy se recomienda por ahí, que no se ponga el niño al pecho hasta pasadas veinticuatro horas. Recomiendan hoy los puericultores que el niño tome alimentos, el calostro lo es magnífico, ya dentro de esas primeras veinticuatro horas de su vida.
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En la hipófisis, ese pequeñísimo órgano situado en la base del cerebro, se produce «prolactina» u hormona lactotropa, cuyo papel es el de desencadenar la secreción de la leche.
Ya sabemos que la mama es un órgano que, aun fuera de la gestación, se deja influenciar por las hormonas del organismo, hasta el punto de seguir los vaivenes hormonales del ciclo sexual de la mujer; también que la hormona folicular «edifica» la mama, en tanto que la hormona luteínica la «madura». Pues bien, durante la gestación estas dos hormonas continúan produciéndose en la placenta, y la mama continúa dejándose influenciar por ellas.
La prolactina, además, también sirve para acrecentar el instinto maternal. Al inyectar prolactina a una mona, se ve cómo atrae hacia sí y aprieta tiernamente a cualquier animal que metamos en su jaula. Cuando la secreción de la leche en la mujer es escasa, el médico suele aumentarla administrándole prolactina.
Pero para que la secreción se mantenga, también es necesario el concurso del niño. Es de conocimiento común que si el niño no mama, la secreción láctea se agota, y ello por un reflejo o mecanismo neurocrino que brevemente vamos a comentar.
Este reflejo se inicia en el momento en que el niño introduce el pezón en su boca y comienza la succión; luego, por vía nerviosa, este estímulo mecánico se transmite a la hipófisis, la cual responde produciendo la prolactina, a la que a su vez responderá la mama elaborando y segregando la leche.
Como decíamos en el capítulo anterior, cuanta más leche tiene la madre, más tardan sus reglas en aparecer, y si esta lactancia se prolongara durante mucho tiempo, se producirían ciertos fenómenos que se estudian con el nombre de hiperinvolución uterina, y cuyo estudio no resulta de interés en este lugar.
Hemos hablado, si se quiere, de la teoría de la lactancia; vamos ahora a hablar de la «práctica» de la misma.
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