Preparacion al parto. Continuacion..
La actitud de la familia
La parturienta y todos sus familiares tendrán que irse haciendo a la idea de que en el parto las mínimas manipulaciones representan la actitud más correcta. Y si ésta es la conducta del técnico, imagínese cuál debería ser la de los demás asistentes al parto. Únicamente en caso de necesidad se empleará el médico a fondo; pero esto no a requerimiento de la familia, que no sabe cómo va el parto, sino según, las indicaciones de quien lo conoce y vigila su curso. El médico no debe ceder nunca ante las presiones de la familia, que para evitar un más largo período de desazones le insta para que acabe el parto, haciendo «lo que sea», incluso un fórceps; y menos aún a la parturienta que no quiere en ocasiones más que «que me lo saquen», sea como sea, incluso por medio de cesárea. El médico no debe dejarse influenciar por sugestiones, ruegos o gritos: estableciendo indicaciones de ese tipo únicamente cuando sean correctas.
Claro que también hay esposos que son razonables y madres que aconsejan bien a sus hijas, y también hay parturientas que llevan muy bien su parto, sin apenas quejarse o sencillamente sin una queja. ¿A qué obedece esto? Queremos únicamente dejar sentado que el parto, por incómodo que sea -no lo negamos-, puede ser llevado con toda naturalidad, sin gritos, sin aspavientos, reglada y sosegadamente.
Precauciones contra la infección
Después de la salida de la placenta, aquellas zonas en que estuvo inserta o adherida al útero quedan convertidas en una verdadera herida: «la herida puerperal». Esta herida puede infectarse con cierta facilidad; de ahí todos los cuidados que hemos preconizado, tanto en el ambiente -pocos muebles en la sala, limpieza especial- como en la parturienta -con enemas, lavados, lienzos especiales-, en la comadrona y en el médico, en todas sus maniobras y esterilización de su instrumental.
El médico sabe que por muy bien que se lave, o por muy esterilizados que estén los guantes que se ponga, no debe asistir un parto después de haber curado heridas infectadas o después de haber practicado autopsias. Por su parte, la comadrona tampoco deberá asistirlo después de haber estado en contacto con pus o haber curado o cuidado puérperas con infección o con fiebre. Por eso, y para mayor seguridad, la limpieza de los genitales externos, los días siguientes al parto, debiera ser realizada por una persona inteligente que haya sido debidamente aleccionada por el médico o la comadrona.
Para evitar esta infección de la herida puerperal, resultado de la cual eran las fiebres sobreparto, que tantas vidas se llevaban y que afortunadamente hoy se vencen casi siempre con los modernos medicamentos, se procede a la desinfección cuidadosa de todo aquello que ha de ponerse en contacto con la mujer. Las ropas, bien lavadas, secadas al sol y planchadas; las palanganas, quemadas con alcohol o hervidas, etc.
El asistente al parto extrema las precauciones: se lava las manos con agua estéril o hervida y jabón, lavándolas seguidamente con alcohol; médicos y comadronas disponen al menos de dos pares de guantes: uno para las diversas exploraciones y otro para la asistencia al parto; no esterilizando sus instrumentos por la sumersión en el alcohol, sino por la ebullición por lo menos durante una hora.



















